Cuando la caricia es toreo de mando y poder: Álvaro Lorenzo tienta en casa de Aurelio Hernando

Recordamos un sinnúmero de faenas de los años 70 y 80 en las que aquellos colosales figurones (Palomo, Paquirri, Dámaso, Manzanares, Capea…) comenzaban sus trasteos casi siempre con varias tandas de tanteo, cuya misión era moldear la embestida del toro, conducirla, hacerla romper y, de paso, comprobar su mayor o menor franquía en la acometida. Los muletazos, casi siempre por alto, requerían enganchar y llevar con largura de trazo, mejor en línea recta, pulseo y suavidad en el manejo de la tela y soltarla también con cadencia en el remate. Tal manejo, al toro malo o mediocre no lo estropeaba, y al noble y bravo, o bueno sin más, lo mejoraba. Se llama eficacia y sabiduría lidiadora.

A veces la gente se impacientaba cuando estos compases iniciales “sobando” al toro se prolongaban un poco, pero luego eran claves para que, si el animal lo permitía, las faenas rompieran a lo grande. El mismo público se sorprendía y valoraba más lo que venía a continuación, hasta esas culminaciones de faenas que eran “borracheras” de toreo, y que ya apenas se ven, porque la mayoría de los toros tampoco tienen finales.

Desde hace tiempo, el toreo está inmerso en la “sociedad de las prisas” y, en gran medida, esta forma de hacer las cosas cada vez se ve menos, o no se ve nada. Todo es estándar, como el mismo toro. La estructura de las faenas es pegar pases desde el principio, forzar y dar trallazos y toques bruscos, incluso ya en el capote, sin “hacer” antes al toro ni captar los matices de su embestida. Y claro, muchas veces lo que empieza siendo más o menos intenso, a la tercera tanda se ha desinflado. También pasa con la supuesta bravura de muchos toros de hoy en día, pues se ha impuesto el estilo de Cuento Ymbro: mucho ruido y pocas nueces. Movimiento rápido  y al final una gaseosa sin gas, y aún menos si se le somete de verdad, porque el toro acaba hundiéndose y parado.

Vienen a cuento estas reflexiones por la tarde de tentadero a la que hemos asistido en la ganadería veragüeña de Aurelio Hernando, con Álvaro Lorenzo como protagonista torero. Precisamente porque lo que le hemos visto nos ha recordado tanto a lo que veíamos con aquellos torerazos arriba mencionados.

En contra de lo acostumbrado en esta casa, hoy no ha salido esa vaca o novillo de entrega total, con clase humillada y largura con temple. Las becerras se han dejado sólo cuando se las ha podido, y con matices, cuando se ha impuesto el mando del toreo. Las faenas iban ganado desde la mitad hasta el final, y las embestidas también, sin ser buenas de verdad. Han respondido al domino y no se han rajado al sentirse podidas, sino al revés, reducían los defectos. Ahí se ve el buen fondo de la ganadería, pero las manos del torero han sido fundamentales. Incluso el novillo que se tentó, siendo brusco y corto ya de salida, no empeoró su comportamiento en la larga faena de muleta, más bien pareció no aumentar e incluso reducir sus defectos conforme avanzaba ésta.  

Enorme capacidad lidiadora desde el primer capotazo al último muletazo. Siempre a favor de los animales. Ni un toque brusco. Todo caricia y suavidad, pero al mismo tiempo con autoridad. Empujando las embestidas hacia delante de cabeza a rabo, ora con la rodilla flexionada ora de pie; capote y muleta siempre por delante para empapar, fijar y someter las acometidas irregulares;  encajándose y rebozándose más en curva conforme avanzaban las faenas, hasta culminar enseñoreándose de los animales.

Álvaro Lorenzo dio un recital de técnica torera, sin que apenas trasluciera a las miradas poco expertas, y con su personalidad elegante, sobria y delicada, carente de gestos y aspavientos. Látigo envuelto en funda de seda. Las instantáneas les presentan una pequeña pero reveladora muestra de lo que vimos.

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