El anti-Santa Coloma o Madrid como escaparate del fraude “torista”

Toro de La Quinta lidiado en Madrid: alto, sin cuello y morcillón. Horrendo y totalmente fuera de tipo. El producto adulterado y antinatural que gusta a los veterinarios y sus amigos “toristas” (Foto: Plaza 1)

Primer festejo de la feria de San Isidro y primera orgía de chufleteo “torista”. Horrenda corrida de “La Quinta”. No sabemos si era lo que quisieron traer los ganaderos o lo que les impuso la casta veternaria, pero totalmente fuera del tipo clásico de la raza santacolomeña y su más grandiosa y paradigmática referencia, la creada por el genial don Joaquín Buendía. Bastos, enormes hasta lo amorfo en algunos casos, sin cuello, altos… el anti-toro de lidia. Es el tipo de boyancón de capea que le gusta a los prepotentes dictadorzuelos veterinarios y sus aliados de las bandas de reventadores que dominan aquí desde hace tantos años y la han convertido en una vulgar e insoportable plaza de carros.

Y paralelo a su espantosa y antinatural morfología ha corrido su juego, como suele acontecer en el 99’9 por ciento de los casos. Caras por las nubes, escasa o nula entrega brava y comportamiento siempre a menos. Los atisbos de bondad y cierto recorrido de algún ejemplar quedaron en eso: un simple espejismo pasajero que se diluyó como humo. Muy por encima los toreros, también como casi siempre aquí minusvalorados y maltratados sin sentido.

Patéticos algunos tercios de varas, especialmente el del quinto toro, claramente rajón y a la defensiva, que no quería pelear ni por asomo, pero al que la chusma “torista” se empeñó en que fuera puesto a enorme distancia del picador, cuando,a pesar de derribar, ya había cantado lo que era: un manso que sólo podía equivocar a tontos, pero muy tontos y muy chuflas. Error del torero en lucir a un toro que no lo merecía, y que luego no embistió en la muleta, y error garrafal del inepto presiente, presto y servil ante los alaridos de los reventadores.

Se habla sin cesar de crisis: de toreros, de ganaderías… cuando la auténtica e irreparable crisis es la del público, no ya en términos cuantitativos, sino sobre todo cualitativos.  La ignorancia es brutal y generalizada, y los peores son esos que se autotitulan como “la afición”, porque encima de no tener ni puñetera idea, sientan cátedra e imponen sus cuatro pamplinas  simplistas, utópicas y disparatadas, y lo hacen a berridos y agrediendo permanentemente. El cáncer de la falsedad y la ignorancia demagógica  se ha extendido desde Madrid por todos lados; domina desde el último pueblo a esa penosa Francia del “torismo” garrulo. Ya es demasiado insoportable y demasiado tarde.

Y ahora a esperar que dentro de unos días no asalten el poder los genocidas del puño en alto y rematen desde fuera la obra que los reventadores llevan fabricando tantas décadas desde dentro. El puchero ya está hirviendo.

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