Primer escándalo de la temporada a cargo del equipo veterinario de Valencia

Empiezan las grandes ferias de 2019 y el cáncer dictatorial de los equipos veterinarios y presidenciales con vocación reventadora se intensifica respecto al año anterior, que ya fue funesto.

En Valencia, unos sujetos de la casta veterinaria, por lo común tan iletrados respecto al toro bravo en general y la sangre Núñez en particular como soberbios y prepotentes, se han permitido destrozar a capricho la corrida de Alcurrucén prevista para las Fallas. ¿Porque se les pasa por la entrepierna y se la suda todo?; ¿porque se creen los amos y juegan con el prestigio de los ganaderos y con el público honesto y sano, a quienes desprecian?; ¿porque son intocables y vienen a imponer por decreto el canon “torista” del mastodonte cornalón?; ¿porque es a lo máximo que alcanza su escaso conocimiento y su mala leche?; ¿porque las acciones antitaurinas llevadas a cabo desde dentro nunca tienen consecuencias debido a la cobardía crónica, la incompetencia y la acomplejada debilidad (¿o complicidad?) del taurinismo?.

Y ahora lo tienen más fácil que nunca, ya que el oficialismo taurino y sus satélites ha dictado la consigna de que tenemos que llevarnos bien y no ser “cainitas”. Y en eso estamos: carta blanca e incienso a los difamadores, agresores y agitadores del llamado “torismo”, que, siendo los cuatro gatos caraduras y matonescos de siempre, cada día, mandan más en la calle y no digamos entre bastidores político-mediáticos, donde pillan más micrófono, más imagen y más pasta. Aquí encaja el entramado de equipos presidenciales afines a esta banda, que son el instrumento para imponer en la plaza sus delirantes teorías. ¿Quién selecciona a estos elementos, los protege y les da mando en los corrales y en el palco? Esa es la clave y lo que nunca se dice.

La peste se extiende desde pequeños pueblos, como esa paradigmática Villachufla taurina toledana que los chupópteros de la crítica a sueldo llaman “ejemplar”, la cuadrilla de  Calasparra o los pájaros del mismo pelaje que reinan en la Rivera del Tajuña, hasta Bilbao, Málaga, Zaragoza, la misma Valencia y, por supuesto, Madrid. Todo está impregnado por la misma mugre demagógica y totalitaria. Y no digamos esa Francia depravada y enferma donde impera la cateta y chillona ignorancia “torista”.

La estrategia es, por un lado, imponer el fraude del toraco amoruchado y su lidia mentirosa, coñazo, absurda, contranatura y utópica; y por otro, bloquear y reventar a las ganaderías que embisten y al toro auténtico y con hechuras, y dinamitar el posible triunfo de los toreros; antes era sólo con las figuras, pero ahora se ha extendido hasta los modestos novilleros sin caballos. En suma: un modelo de involución reaccionaria diseñado para impedir a toda costa el éxito del espectáculo y embrutecerlo, mientras los patéticos capos del tinglado se convierten en personajes de referencia y, de paso, siempre les cae algo.

Mucho nos tememos que la cacicada arrogante y dictatorial de los veterinarios de Valencia contra la ganadería de Alcurrucén puede marcar la pauta de la temporada. Los reventadores están bien tranquilos: nadie va a hacer nada para frenarlos; es más, casi nadie va a decir nada y menos los van siquiera a criticar. A lo sumo, algún pellizquito de Monja, como el de ese tontucio y carota de Aplausos.

El mundo taurino es así de cobarde y suicida. Son ya más de 50 años en la misma espiral, pero cada día se agrava más y su efecto es más letal por la situación limite que atraviesa la tauromaquia, a cuya destrucción todos ellos han contribuido de manera tan persistente, eficaz y decisiva.

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