Tarde de toreo grande en la ganadería de San Isidro

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Rafael de Julia: toreo de terciopelo

Tras un par de días de aguaceros, luce el sol en este puente de Los Santos. Es época en la que empiezan a tentarse las vacas adelantadas, y quizás el momento del año en que más se disfruta la atmósfera pura y nítida del campo. Echamos la tarde en la ganadería de San Isidro,  donde Madrid se asoma a La Mancha entre los valles del Tajuña y el Tajo. Se han encerrado cuatro eralas, una mulata y tres coloradas ojo de perdiz; todas gordas y lustrosas, como es habitual en esta casa. Torean Rafael de Julia, Amor Rodríguez y Juan José Villita.

Siempre es un disfrute el campo bravo y los amigos, pero  hay días especiales en los que todo se conjunta como por azar divino y brota la magia de la bravura y del toreo. Este fue de uno de ellos. Ninguna de las vacas resultó sensacional, pero todas lucieron fijeza y mantuvieron el mismo son y la importancia hasta el final. A la vez, todas fueron diferentes, con los matices singulares de su casta marquesa. Fuerte y con recorrido la primera. Muy manejable la segunda. De gran obediencia y suave la tercera, que flojeó sólo al inició, y por ello nos recordó al son que tenía lo de Maribel Ibarra. Pronta, con galope y fija la cuarta, que tuvo recorrido tanto viniendo de lejos como de cerca, o sea, que no embistió por inercia, sino de verdad, como lo bueno y clásico del Marqués.

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Ayudado por alto de Villita: estilo y empaque natural

Y con esta materia brava, gozamos de una grandiosa tarde de toreo campero, también en tres versiones distintas. La de Villita, el torero de mayor  empaque y clase natural en el escalafón sin caballos. El mando, firmeza y largura de Amor Rodríguez, novillero ya cuajado y en busca de su momento, redondo en trazo, dominio e intensidad. Y el maestro Rafael de Julia, quien por el puro placer de torear se vació por completo. Pulseó con temple excelso la embestida de una colorada salpicada a la que imantó en la muleta. A los derechazos y naturales de relajo absoluto y tacto de terciopelo, siguió el toreo de rodilla flexionada y agarrando el pitón de la vaca, como en las viejas estampas de Joselito El Gallo. Y el cierre fue en clave ojedista, dejando que los pitones rozaran los muslos y jugando a la improvisación, roto y con entrega absoluta.

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Amor Rodríguez: cargando la suerte, en redondo y sometiendo hasta el remate

Las imágenes que aquí les dejamos son sólo algunos bonitos destellos de lo que vimos, sentimos y disfrutamos en este tarde de tentadero en San Isidro. Gracias al ganadero que busca la perfección brava. Gracias al valor y al sentimiento torero.

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