Chuflesco premio a un miura y robo al Puerto en San Isidro

Por segundo año consecutivo, el jurado del premio al mejor toro de San Isidro del Ayuntamiento de Madrid ha hecho un sonoro ridículo, pero esta vez, además, con robo incluido a la ganadería de Puerto de San Lorenzo. De este hierro fue Cartuchero,  a años luz el ejemplar más bravo, noble y con clase de todo el serial, dentro de una corrida que en general lució ese gran estilo tan característico de la aristocrática sangre conde de la Corte-Atanasio-Lisardo, y tan raro o inexistente en otras castas. Pero vete tú a hablarles de bravura con clase a esa minorítaria ralea de cafres, miserables, cebollinos y analfabetos que desde hace 40 años domina en los tendidos Las Ventas, y al que algunos patéticos jurados se obstinan año tras año en mimar y alagar.

En algunos casos, no nos extrañan los premios, pues por ahí se han publicado fotos de ciertos jurados verdaderamente aterradoras. En ellas se observan, junto a gente respetable, a conocidos chuflones, solemnes abrazafarolas, ilustres zampabollos y hasta algún trincón, todos en fraterna coyunda y llenado la panza con apetito canino (sobre todo si paga otro), unidos en su enfermizo afán de protagonismo, una desvergüenza absoluta y una total falta de conocimiento respecto al toro bravo. Este es el “oficialismo” taurino madrileño protegido por los politicuchos, y con este nivel se explica que pase lo que lleva pasando ya tantos años. Lo malo es que nadie dice ni hace nada; la gente se calla y mira para otro lado, y estos sujetos imponen otra vez la “verdad” de sus amigos talibanes, como de costumbre, por pelotas.

El toro de Miura no fue para premio ni por asomo. Tuvo prontitud y embestía de lejos, y eso fue lo que engañó (lo que siempre engaña) a los analfabetos “toristas”, que en su simplista y abrumadora ignorancia por sistema asocian la movilidad con la bravura. Es una típica patología de ciertos públicos y, además, una torpeza muy habitual en el diestro que lo toreó, pues engaña a los tontitos y además se perjudica a sí mismo. El miura fue manejable, pero estuvo ayuno de clase, se quedaba corto al tercer muletazo y humillaba poco o nada. Un toro normal, si se quiere con interés, pero nada más.

Y conste aquí nuestra admiración total por la familia Miura. Precisamente por ello, y porque hemos visto muchísimos toros del legendario hierro infinitamente mejores, nos parece que ni las ovaciones desmedidas ni este premio son en modo alguno justos o razonables. Sólo en Madrid,  nos acordamos de un Aguardentero, un Corselero, o un Pepón, toros de esta misma divisa realmente bravos y completos, desde luego mucho mejores que el ahora premiado. Miura merece muchísimo más respeto que usarlo como juguete para imponer el dogma “torista”. ¡Ah!, y del excelente torero que desgranó Serafín Marín esa tarde ni se enteraron  ¡hasta le pitaban algunos despreciables patanes de esta autotitulada “cátedra”!.

Con todo, lo más grave no ha sido haberle dado el premio a un miura del montón, sino habérselo robado a un ejemplar de gran categoría, uno más de los muchísimos que lleva lidiados en Madrid la ilustre familia del Puerto de San Lorenzo. Y las figuras tampoco se enteran ni si quieren enterar… que esa es la otra pata del banco. Pero ahí queda una gran corrida y un toro extraordinario para gloria de los Fraile, dentro de una feria de buen nivel medio, la mejor en mucho tiempo. ¿Habrá tenido algo que ver que se hayan lidiado tantos toros en tipo?

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