TVE en Mérida: sin emoción no hay grandeza

El Sistema está empeñado en imponer una única versión de la Fiesta, la que vimos por TVE en Mérida, y acabar con todo lo demás. No se puede reducir el torero a una especie de ballet sin emoción, a un señor vestido de luces que “disfruta muchísimo” mientras le canta a un torito que no transmite seriedad ni agresividad alguna, a una colección de gestos aflamencados y poses estéticas. Siempre hay riesgo ante un toro, pero además tiene que parecerlo. Si la gente ajena a esto no lo percibe así, no va a entrar nunca a un espectáculo almibarado, por mucho caracolillo en la frente y “asuquiqui” que le pongamos. Como jamás entrarán (menos aún) al circo romano, violento, morboso y arcaico, del llamado “torismo”. La Fiesta tiene potencialmente muchas y versátiles formas de expresión, pero en nuestros días ha quedado reducida, salvo en contadas ocasiones, a estos dos caricaturescos extremos.

La nobleza nos parece una condición esencial en el toro de lidia, pero siempre que esté sustentada en la bravura, que sobre todo es entrega con acometividad, la del animal que va a más, humillado, galopando y repitiendo, comiéndose la muleta. Si falta esta chispa y enfrente tenemos un torero artista, no cabe duda de que habrá aficionados que les encante, y nos parece muy bien. A nosotros también nos gusta en un momento determinado. Pero ésta no es la verdadera grandeza del toreo, porque sin sensación de riesgo no hay trascendencia. Por eso la corrida de Mérida no vale como referente de la tauromaquia en las actuales circunstancias. Lo que hace falta es una del estilo de la de Victorino Martín en San Isidro de 1982, que conjugue el éxito de los toreros con la verdadera seriedad y emoción de toro de lidia, y su carga implícita de variedad e incertidumbre. Con los muy previsibles zalduenditos, ya se sabía de antemano lo que iba a pasar. Y pasó.

Desde un mínimo rigor y honradez intelectual no es posible cantar las excelencias de una corrida ayuna de acometividad, y en la que cuatro toros ni siquiera humillaron o se emplearon mínimamente. Somos los primeros partidarios de la fórmula del indulto, pero éste no se puede utilizar para forzar una supuesta autojustificación de la tauromaquia como “fiesta de vida” o para ayudar a un ganadero amiguete en horas bajas, que está así porque, como sus hermanos, ha aguado en exceso el vino de la bravura que sí tuvo la grandiosa ganadería de su padre.

Porque el indulto del toro Taco, de Zalduendo, no estuvo justificado ni fue serio, aunque tampoco nos rasgamos las vestiduras. Inicialmente sorprendió incluso a los propios comentaristas, menos al del callejón, que parecía ya estar sobre aviso y fue el que tiró del carro en la narración justificándolo entusiásticamente, con desmelenado desparpajo y burda argumentación. Y conste que el toro nos gustó, pues tuvo mucha clase y humillación, pero amagó con rajarse y, sobre todo, le faltó temperamento, es decir, careció de ese fondo bravo que poseen los animales auténticamente excepcionales. Si el señor ganadero lo quiere echar a las vacas, estupendo, no nos extraña conociendo su trayectoria y los frutos que ha dado: una mayoría aplastante de animales sosos, fofos y bonancibles, que van y vienen sin un ápice de alegría. Por eso es uno de los puntales del monopolio juampedrista.

Volviendo a los comentarios, el único que puso realismo y sensatez fue Javier Hurtado. Arnás estuvo discreto, pero tras el indulto vino a decir, ni más ni menos, que estaba bien porque era una pena que muchos grandes toros de otras corridas y ganaderías no se hubieran indultado, ¿y eso justificaba el perdón de la vida de éste?. Más irritante fue lo del torero invitado, Dávila Miura, que se atrevió a afirmar que hay ganaderos de toda la vida que lo están pasando muy mal, y esto era un estímulo importante para ellos. ¿Cómo puede atreverse a afirmar algo así respecto a Zalduendo, una de las ganaderías monopolistas del mercado, que vende animales a mansalva?. Y si el “pobre” Fernando Domecq lo está pasando tan mal, ¿cómo lo pasan tantos ganaderos excelentes que no venden ni una corrida sólo porque no son del clan juampedrista? Es insultante para tantos y tantos criadores que están con la soga al cuello, y más viniendo de un señor que se supone que es profesional de esto.

De los entrevistados en el callejón, don Fernando Domecq estaba encantado de haberse conocido. Normal. También los toreros sondeados alabaron la calidad del toro, mientras que  el ganadero Carlos Núñez se tapó hábilmente. Punto y aparte fue la soflama laudatoria empleada por el señor Ruiz, que no sólo dio constante jabón a los zalduendos y a su dueño, como fiel adorador de juampedrismo que es, sino que a posteriori lo ha seguido haciendo con igual fruición. En su ferviente artículo encomiástico de Mundotoro, ha llegado a rozar el éxtasis poético, terreno que a él tanto le gusta, ilustrado con una foto de una vaca de Juan Pedro Domecq, ¡faltaría más!..

Respecto a Talavante, cantes aparte, nos pareció que tuvo una excelente actuación por temple, creatividad y hondura. Fue en verdad una tarde importante. La duda es la de siempre con estos toreros de obsesivo fanatismo juampedrista: ¿hubiera sido capaz de realizarlo ante toros buenos pero de otras castas, como Núñez, Atanasio o Santa Coloma?. Quizás, pero hasta que no lo veamos…

Como pueden figurarse, la corrida ha recibido un alud de críticas de la orda “torista”, pero con el penoso e ignorante catecismo que manejan siempre. Y también como de costumbre no han servido sino para dar argumentos a la parte contraria y decir, poco menos, que quienes no gustaron del espectáculo televisado somos prácticamente enemigos de la Fiesta. O sea, más de lo mismo: demagogia por ambas partes que aparentemente tan poco se quieren y en el fondo tanto se necesitan.

Más allá de trampas demagógicas de esta naturaleza, la retransmisión de TVE, como la del año anterior, careció de naturalidad en su planteamiento y en su tono. Se nota demasiado que en el ambiente aplastantemente “progre” imperante en el ruinoso Ente Público los toros se dan como pidiendo perdón. En el fondo parece que están asustados por lo que pueda decir la mafia antitaurina, subvencionada, organizada y apoyada por las opciones políticas de extrema izquierda que dominan en todos los ámbitos sociales, y no digamos en el de la comunicación. Por eso parece que son espectáculos planteados como un ser o no ser de la Fiesta, y por eso tienen que salir bien sí o sí. Puede ser una apreciación errónea, pero tanta autojustificación y autobombo chirrían.

Falta naturalidad y falta ofrecer otras caras de la Fiesta que enganchen más al profrano y transmitan el valor de la emoción. Sólo con la edulcorada versión juampedrista esto se muere.

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