Euforias cuestionables

El imperio Domecq  ha echado una feria de Sevilla marcada por una gran desigualdad. Sería negar la evidencia no reconocer que entre las distintas marcas con las que se etiqueta el mismo producto se han lidiado un buen ramillete de ejemplares extraordinarios, nobles y con clase sustentada en la auténtica bravura. El primero fue “Tramposo”, de Garcigrande, al que El Juli cortó dos orejas; luego vino el gran “Histérico” de Fuente Ymbro y tras él el sexto juampedro de Manzanares, “Guasón”, con el que el alicantino esta vez sí nos convenció por completo por la redondez y largura de sus tandas de muletazos. El primero de Daniel Ruiz, dos sobreros de Parladé y otros tres toros de Victoriano del Río también ostentaron las mismas y sensacionales virtudes.

En suma, salen nueve toros de altísima nota, aparte de algún otro aceptable de Cuvillo. Pero, como siempre, los datos sólo pueden valorarse con realismo dentro de su contexto general, y éste viene marcado por el aplastante dominio domequista en los carteles sevillanos de lidia a pie: nueve festejos frente a sólo tres de otras castas (Cuadri, Victorino y Miura). Y a la vista de ello, teniendo en cuenta además que la mayor parte de los domecqs  evidenciaron una gran falta de acometividad, raza y fuerza, comprendemos las cosas en su verdadera dimensión. O sea, varios grandes toros, sí, pero también una mayoría de ellos de muy pobre juego. Es un reflejo perfecto de la situación de la casta monopolista: un gran fondo de bravura diluido en un amasijo masificado de vacadas donde prima la cantidad sobre la calidad.

No es cuestión de prejuicios, son hechos más que contrastados. Así que, menos euforia por parte del oficialismo domequista. Y ese cuento de que son las únicas ganaderías buenas y con regularidad, vamos a dejarlo. Eso sólo podría decirse si las de otras castas tuvieran las mismas oportunidades en las ferias; entonces ya veríamos donde quedaba el rollo que repiten los papagayos y paniaguados del sistema una y otra y otra vez.

Por lo que respecta al buen resultado de la corrida de Miura que cerró feria, lo primero que nos suscitó fue un sentimiento de gran alegría, sobre todo al recordar el prematuro y enésimo  entierro que quisieron hacerle los domequistas con la campaña de improperios que recibió tras su fracaso en las Fallas. Los que así se expresaron hicieron gala de su desconocimiento total sobre esta ganadería, que si alguna característica tiene desde siempre es su desigualdad. ¿Desconocimiento o mala fe interesada?.

Dicho lo anterior, es preciso dar a lo sucedido su verdadera dimensión, y a nuestro modesto entender la cosa no fue para tanto. La corrida tuvo en conjunto manejabilidad, nobleza y en varios ejemplares fijeza, pero humilló poco o nada y algunos toros se quedaban cortos al tercer muletazo. El sexto fue sin duda el mejor. Ni mucho menos un éxito redondo, pero muchísimo mejor de lo esperado por muchos tras el precedente fallero, localismo sevillista aparte. Conclusión: hemos visto corridas de este hierro infinitamente mejores y más bravas de este hierro, pero Miura sube su crédito y eso ya en sí mismo excelente noticia.

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