La vida sigue igual

Con la que está cayendo fuera, el sector taurino ha vivido un invierno de trancredismo absoluto y suicida. Nadie mueve nada. No hay idea alguna de cómo levantar esto. La única idea de los mandamases taurinos es seguir en el poder y seguir como estamos.

Tenemos una fiesta cerrada en sí misma, cuyos protagonistas se miran el ombligo dentro de un gueto cada vez con menor eco en la sociedad. Y paradójicamente, quizás nunca como ahora la tauromaquia ha sido reflejo de la vida del país. ¿Qué mayor ejemplo de inmovilismo cobarde y egoísta que el de ese Zapajoy de nuestras desgracias, dentro una casta podrida que se aferra a sus privilegios entre la indiferencia o la mansedumbre general?. Sólo los totalitarios vociferan y agreden para imponer algo aún peor: la dictadura, igual que en la fiesta hacen los “toristas”. Perdón por la digresión, pero el parecido entre la realidad taurina y la político-social es tanto que cuesta trabajo disociarlas.

Y vamos a lo nuestro, que es comentar el inicio de temporada grande en España con la mirada puesta en el toro. En síntesis la cosa es fácil, como decía la canción de Julio Iglesias: la vida sigue igual. Sigue igual el poder omnímodo de los grandes empresarios-apoderados-ganaderos, amos del tinglado. Sigue igual el montaje ganadero de las primeras ferias por parte de empresarios como Casas y, sobre todo, el ínclito Cutiño: siempre las mismas de Domecq y siempre las mismas “duras”, sin oportunidades para otras divisas.

No cambia el esquema mental de las figuras, especialmente El Juli y Manzanares, sumidos en la abrumadora y obsesiva endogamia domequista. Nos temíamos que el gesto de matar una corrida dura, aparte de muy loable, iba a ser flor de un día. Lo cotidiano de Julián López es lo que vemos: lleva dos corridas, las dos han sido de Garcigrande (ambas con más motor que otras veces), y en Sevilla reaparecerá otra vez con la misma ganadería. Quizás este año piense batir su propio récord, y si el pasado nada más que toreó cuatro o cinco hierros, a lo mejor en 2013 lo deja en dos o tres. Sólo juampedros de los suavitos, claro está, ante los cuales su poderoso toreo se ve desprovisto de grandeza y emoción, como un cascarón estereotipado. Sentimos calificarlo así, pero resulta lamentable y vergonzoso en una figura de su dimensión.

Otro que tal baila es Manzanares, quien tampoco se sale del guión Domecq así se junten cielo y tierra. En su caso es más lógico porque no posee la capacidad técnica y la profundidad de El Juli. Es prácticamente imposible verle ligar una tanda de seis o siete muletazos; lo normal es que de tres, de los cuales el primero no está acoplado, el segundo es bueno y largo, en el tercero ya se alivia por arriba y después a rematar con el de pecho. Cojan vídeos de sus faenas y simplemente cuenten los pases de cada tanda y observen cómo los da. Luego está su innegable clase y grandioso empaque, que de cara al público y a sus fans lo tapa todo. Su “gesta” de Sevilla se limita a matar un toro de Victorino en su encerrona en solitario, y el resto es Garcigrande, Victoriano, El Pilar y Cuvillo. Y en Madrid, Juan Pedro y Victoriano. Sin comentarios.

Veremos qué hacen a lo largo de la temporada Perera, Talavante y Morante, aunque de momento parece que éstos si abren algo el abanico ganadero, y se anuncian en Madrid con núñez de Alcurrucén, victorinos y valdefresnos, respectivamente. Ese es el camino: cambiar de registro, pero apostando por sangre con garantías de embestir. Que Dios reparta suerte y ojalá perseveren fuera del guión domequista, cosa que, sinceramente, vemos harto improbable.

Como guinda charlotesca de este pastel inicial, no podemos dejar de mencionar de nuevo al tal Gallardo de Fuente Ymbro. Estimulado por esa corte de cobistas que llevan años empeñados en hacer pasar esta ganadería como el sumun de la cabaña brava (unos por convicción y otros por dinero), el buen señor no ha parado de hacer aspavientos y chuflear en los callejones levantinos, dárselas de protagonista y vender su moto a todo el que se la compra, que son bastantes, empezando por el anciano demagogo del bigote teñido. Pero una vez más es preciso recordar que una cosa es la movilidad y otra la bravura con fondo, y no digamos la clase. Sus toros mucho moverse para allá y para acá, pero eso de humillar, meter la cara de verdad, hacerlo con largura y rebosar la embestida en la muleta lo hacen muy poco o casi nada. Esta es otra comedia que, un año más, también sigue igual. Y otras que comentaremos pronto.

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