Estancamiento y rollos “toristas”

En términos ganaderos, la temporada sigue una línea de atonía casi total, como una especie de charca estancada en la que nada se mueve. Mientras, la cutre e ignorante secta “torista” reinventa sus consignas y milongas de siempre, como una chaqueta raída que a base de darle la vuelta una y otra vez nos quieren vender como recién salida de la sastrería.

No hay sorpresa alguna, todo es previsible, mecánico y rutinario, en una fiesta en la que debería primar la imaginación, y mucho más en un momento como éste, sin duda el más dramático de su historia y con un futuro más que tenebroso. Pero la ceguera egoísta de los extremismos taurinos es total y absoluta, viven en su pequeño mundillo, en su ridícula burbuja, ajenos a la realidad externa. Así es imposible no ya atraer nuevos públicos, sino ni siquiera mantener al actual, y menos con el actual hundimiento económico.

No se observa ni el más mínimo cambio en la estrategia de las figuras, que encima este año apenas actúan en las ferias grandes. Al menos en años anteriores hicieron algunas apuestas con ganaderías de origen Santa Coloma, pero éste ni eso, comodidad a ultranza, monopolio Domecq a macha martillo, y cualquier otra cosa ni siquiera se plantea. No digamos nada de los empresarios, que es mucho peor, da igual Choperas, Matillas, Casas, Potras, Cutiños o Maximinos. Sólo hay que ver las ferias que están por venir, llenos de las mismas mediocridades domequistas de siempre, que en muchísimos casos copan la totalidad de los carteles. El margen de sorpresa e imaginación queda reducido a 0, es decir, monotonía total y rutina al 100 por 100.

No se da paso a otras ganaderías con todas las garantías, como es el caso paradigmático de Manolo González, que ha lidiado dos corridas magníficas en Jerez y Torrejón, y ni así entra en las ferias. Algo parecido ocurre con Baltasar Ibán. Nulo o escaso eco han tenido en lo que va de temporada las vacadas santacolomeñas de La Quinta o Ana Romero, ésta última injusta y mezquinamente relegada desde la cogida de Padilla, cuando las figuras se han hartado de triunfar con ella años y años. ¿Es que acaso los domecqs no han dado nunca cornadas?, ¿no se acuerdan del juampedro que atravesó el cuello a Aparicio en Madrid?. Pues parece que no; las fobias y estereotipos de los taurinos son siempre selectivos.

Y hay otros muchos nombres ganaderos más que atractivos no aparecen por casi ningún lado , como Gavira, Carlos Núñez, Osborne, Los Recitales, Galache, Urcola o Arauz de Robles. En otra línea están el conde de la Corte, Samuel Flores, Guardiola o Partido de Resina, que tendrían perfecta cabida en muchos carteles y con bastante más garantía e interés que algunos de los habituales bueyeros “toristas”.  

Y ya que hablamos del invento “torista”, tras el fracaso estrepitoso de Madrid y Pamplona, sus panfletistas se han agarrado con ridículo triunfalismo al caso anecdótico de unas pequeñas plazas francesas para reivindicar sus manoseados y falsos dogmas.  Venden la irrelevante Ceret como el templo sagrado de la “pureza” y la “casta”, los dos viejos rollos que repiten como mantra hasta la saciedad. Y resulta que la “pureza” es una suerte de varas que consiste en poner siempre de largo a los toros, venga a cuento a no, sean mansos o bravos, sin tener en cuenta sus condiciones, a modo de grotesca parodia de tentadero y sin importar lo importante, que no es si el toro se arranca o no, sino cómo pelea cuando le hacen sangre y cómo sale de la suerte. Pero esto es difícil de ver, hay que saber y matizar, cosa que a esta tropa fanática le viene muy grande, porque más allá de la mascarada superficial, de la consigna y la palabreja tópica, no tienen ni puñetera idea. También son “puras” las faenas con muletazos sobre los pies, con la mano alta, sin quietud ni ligazón ante toros sin entrega ni bravura, cuando no marrajos.

El otro rollo de siempre es el de la “casta”, con el que sustituyen el concepto que es la esencia auténtica del toro de lidia: la bravura. ¿Qué entienden estos tipos por “casta”?, pues muy sencillo: el comportamiento del toro reservón, a la defensiva, resabiado, que no humilla ni se emplea, pega tarascadas, pero tiene movilidad y fuerza. O sea, el manso que engaña por su poder. Llegan a hablar incluso de “mansos encastados”, disparate conceptual que se inventó aquél iletrado taurino y nefasto Vidal en “El País”.

Su catálogo de ganaderías “encastadas” siempre tiene los mismos nombres, que según las temporadas van  rotando. Ahora dicen que el sumun de eso que llaman “casta” parece que es José Escolar, cuyos toros son, salvo excepciones contadas, los típicos mansurrones con mal estilo, que pegan arreones y tienen tan escasa bravura como mala uva. Prefieren un sucedáneo mediocre de Albaserrada que las vacadas realmente señeras de esta sangre, Victorino y Adolfo, donde sí hay bravura de verdad, con todos los matices buenos y malos de tan magnífica sangre.

Lo de la patulea “torista” y su fanatismo por el buey Apis llega a tal extremo que hasta se han vuelto defensores de algunas ganaderías de su odiada sangre Domecq. Lo impensable y nunca visto. ¿Y a santo de qué? Pues por el simple hecho de que dichas vacadas han lidiado en los festejos veraniegos de Madrid varias novilladas mastodónticas, con bichos de disparatado tamaño y cornamenta, algunos de ellos además mansotes y broncos. ¿Y qué más pueden pedir los “toristas”?. Pues eso, el toraco amorfo y malintencionado. “Casta” y “pureza”, lo que traducido significa morbo y circo romano.

Y así vamos, de Domecq a Domecq y para desengrasar alguna milonga “torista”. Cada vez con menos interés y con menos gente en la plaza. Camino al precipicio.

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2 respuestas a Estancamiento y rollos “toristas”

  1. Vazqueño dijo:

    Entonces, según usted, ¿no existen los mansos encastados; es una falacia?

    Saludos

    • Efectivamente, es un invento conceptual que en su día ideó un crítico de nefasto recuerdo para reivindicar los toros mansos que se defienden, tiran cornadas, se quedan cortos o directamente van a la yugular del torero.

      Con la palabra “casta” se daba un aparante barniz positivo a un comportamiento que en realidad no es otra cosa que el de un toro reservón, cobarde o peligroso, cuando no un pregonao con sentido. Además, el citado sujeto lo aplicó muchas veces para ensalzar toros con esas características, porque eran los que le gustaban, y cuando salían mansos perdidos en el caballo trataba de taparlos en sus crónicas empleando esta frasecita. Si eran mansurrones, bravucuones o medio cumplían en varas y acababan broncos en la muleta los llamaba “encastados” a secas.

      O sea, que lo del “manso encastado” no es más que demagogia barata y falaz. Por eso ha sido tan cariñosamente adoptado como uno de los dogmas de la jerga “torisma”.

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