La calidad como mentira

Igual que hay un idioma “politiqués”, palabrería retórica, demagógica e imprecisa que emplea la casta política para engañar a la gente, podríamos decir que existe un “taurinés”, lenguaje que tiene la misma intencionalidad que el otro, pero aplicado al ámbito taurino y reconocido como políticamente correcto. Al final consiste en lo mismo: mentir u ocultar la realidad a través de las palabras, que unas veces se inventan y otras se les cambia su sentido real. Es una táctica que emplean por igual los dos extremismos que asolan la tauromaquia en la actualidad: el “torismo” y el “taurinismo”.   

Entre los tópicos más utilizados por éstos últimos respecto al toro bravo está el de la “calidad”, término que se ha tergiversado y se usa a modo recurrente para envolver conceptos diversos, muchas veces erróneos y al final no decir nada concreto. Los taurinos y sus corifeos de la prensa hablan una y otra vez de la calidad que detenta tal ganadería, ha tenido tal corrida o tal toro, pero ¿qué quiere decirse con ello? Y, por otro lado, en realidad ¿qué es un toro con calidad?.

Respecto a la primera pregunta, la mayor parte de las veces se habla de calidad como sinónimo del toro docilón, pastueño, que viene y van cansinamente pero permite que el torero esté cómodo y le dé pases. Es decir, un toro que no pelea, humilla lo justo o nada, no repite la embestida, es soso y va a menos conforme pasa la lidia, en suma, apenas se emplea como bravo pero deja estar. Eso es lo que casi siempre quiere decir el taurinismo con la palabra de marras, lo que por extensión y bombardeo de haberlo escuchado cientos de veces entiende mucha gente, y lo que utiliza como efecto rebote el “torismo” para alimentar su demagogia. Para nosotros, sencillamente eso no es calidad. Puede servirle a los taurinos por comodidad muy a corto plazo, y a los “toristas” para reivindicar el buey manso y con mal estilo, pero ni eso es bravura ni con ese tipo de toro vamos a darle fundamento a una fiesta que necesita con urgencia ser vista como espectáculo bello, pero también emotivo y trascendente. El morboso circo romano que quieren los “toristas” y la coreografía bufa de los taurinos conducen a lo mismo: ruina.

Hay varias ganaderías que representan perfectamente esta línea de “calidad” sin contenido o sin alma; esto no quiere decir que no hayan echado toros importantes o conserven algún reducto de bravura a partir del cual pudieran recuperarse, pero la tónica de lo que se ve en el ruedo y el cómo han evolucionado en el tiempo es evidente. En un primer escalón tenemos a Zalduendo, Daniel Ruiz, Algarra y La Ramblas, por no hablar de Marca, que es un caso paradigmático. Esa también ha sido siempre la línea imperante en Garcigrande, aunque últimamente haya lidiado algunos ejemplares con más fondo y bravura, lo cual ha dado pie a su glorificación por parte de las revistas de absoluta fidelidad domecquista.  La de Juan Pedro echó el año pasado una camada con un aire más brioso, pero no hay más que ver cómo está saliendo la de este año….. Ahora piensen en la cantidad de ganaderías existentes hoy en día que proceden de las mencionadas y echen un vistazo a los carteles de las ferias que se anuncian.

Y dicho lo anterior,  ¿qué se entendía clásicamente por calidad y qué es realmente?.  Pues muy sencillo: ante todo, un estilo de embestida sustentado en la bravura y, por tanto, hablamos de un toro que va a más y que se emplea en las suertes, lo cual implica que tiene una condición esencial: humilla y mete los riñones, es decir, ataca. Esto lo hará igual en el tercio de varas que en la muleta, pero si lo hace en ésta última fase de la lidia y sin menguar a lo largo de la faena, donde por una cuestión de resistencia física lo lógico sería que el animal decayese, estamos ante la calidad en grado máximo. Otro factor añadido y ponderativo de la calidad, que se da más en unas castas que en otras, es lo que se llama gráficamente “hacer el avión” o “planear”, que es la embestida en la que el toro inclina ligeramente la cabeza  hacia el interior de la suerte para coger la muleta. Luego tenemos los matices, y puede haber muchos. Por ejemplo, no es igual la calidad de los nuñez que la de los atanasios o los santacolomas; puede haber toros  abantos, incluso muy abantos, que aparentemente manseen en el primer tercio, se vayan sueltos del picador, pero poco a poco “rompan” y acaben teniendo un comportamiento creciente en importancia, empleándose más. Hay una calidad con más temple o con más fogosidad, según la velocidad de la embestida, y así un largo etcétera de detalles que hay que comprender y encajar en el contexto de cada sangre.

En suma, y para no cansarles, sin bravura no ha calidad que valga, y un toro carente de fondo, alegría y acometividad no es bravo. Ya pueden dar unos y otros las vueltas que quieran. Sin auténtica bravura no hay nada.

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2 respuestas a La calidad como mentira

  1. ¿Tendremos que redefinir el concepto de “bravura”?

    • Hay muchos conceptos que están claros desde hace mucho tiempo, los dicta la experiencia acumulada, el conocimiento y la lógica, otra cosa es que se tergiversen por interés manipulador o por ignorancia. Con la bravura y sus múltiples matices pasa mucho, de ahí, con toda humildad, este post.

      Gracias.

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