Una feria infumable en un ambiente imposible

Se ha juntado todo: el bajísimo nivel de la mayoría de toros, previsible desde que salieron los carteles, y la dictadura de los reventadores “toristas” y sus cómplices, un año más amos y señores de una plaza perdida sin solución. Así ha terminado una feria de San Isidro infumable, una más, aunque su secuela del Arte y la Cultura a la postre haya maquillado in extremis y muy por los pelos los ruinosos resultados artísticos del serial.

Como decimos, el desastre tiene dos planos estrechamente relacionados: el rendimiento en la lidia de toros y toreros y el contexto ambiental donde se produce, o sea, el clima de la plaza, que actúa como elemento condicionante muchas veces esencial o explicativo de lo anterior. Por ejemplo, si en el reconocimiento los intocables y prepotentes veterinarios rechazan los toros en tipo y aprueban los mastodontes, es casi imposible que los resultados en el ruedo sean brillantes. Lo mismo cabe decir si los toreros demuestran capacidad y disposición pero en el tendido hay una minoría de tauroterroristas que revientan su actuación, una mayoría que calla y una presidencia que se pliega a su violento chantaje.  Si se da todo en negativo: toros bajos de bravura, toreros mediocres a los que se les escapan oportunidades y un ambiente preconcebido en la protesta y el falso dogmatismo, tenemos el cóctel perfecto para el desastre. Esta mezcla es la que impera en Madrid desde hace muchos años, y de ahí que se haya convertido en la plaza del fracaso anunciado y el éxito casi imposible, lejos del exigente pero también generoso señorío que siempre la caracterizó.

Centrándonos en el resultado ganadero, el balance general es muy pobre, tal como era previsible. No ha habido ninguna corrida redonda, sino más bien algunos toros sueltos buenos, y hasta muy buenos, aunque muchos de ellos han sido desaprovechados.

El juego de las ganaderías procedentes de Domecq (que eran mayoría) ha sido en general ínfimo y, quizás lo más sintomático, redundando en los mismos o parecidos defectos: toros muy bajos de bravura, de escaso fondo, carentes de brío, blandos, noblones, apagados y a menos. Los de Montalvo, los que quedaron de El Vellosino y Bañuelos , los de El Ventorrillo y El Montecillo, Juan Pedro, Las Ramblas o El Torreón adolecieron de estos males. De más a menos los de Torrestrella, aunque con uno de tirunfo.  Blandos aunque nobles los de Victoriano del Río, si bien lidió un castaño con fondo e importancia en la Beneficencia. Muy desiguales los de Cuvillo, pero con un gran toro, Fusilero, lidiado por Castella el 25 de mayo en cuarto lugar, y un sexto de Talavante en la Beneficencia que fue a más con raza.  La mejor representación de esta casta estuvo en algunos novillos, especialmente uno de Buenavista y, sobre todo Pintor y Hortensio, los dos de Guadaira que despachó Gómez del Pilar.

Del resto, sin duda cabe destacar los resultados de las ganaderías procedentes de Atanasio Fernández, pues de nuevo han pertenecido a esta sangre las corridas en conjunto más propicias para el éxito y varios de los toros con más clase. De los de Valdefreno, subrayamos dos ejemplares  lidiados como sustitutos el día 13 y el magnífico Bilanero, que le tocó a David Mora el 5 de junio. De los de El Puerto destacamos otros dos toros excelentes, el primero y el tercero, Velisico II,  éste sensacional. En conjunto, podemos hablar de un éxito claro de los hermanos Fraile y de un petardo de las figuras y sus mentores, que una feria más no quisieron apuntarse a sus corridas, empeñados en su obsesión por el “sólo Domecq”. Pues ahí lo teneis, por si no estaba claro de antemano.

Ha sido una feria desigual para los Núñez; si mala fue la corrida de El Cortijillo, en la de su divisa hermana de Alcurrucén de nuevo saltaron dos toros de gran categoría, uno por bravo, noble y enrazado, el colorado tercero, de nombre Alcaparroso, y otro también bravo pero además con profunda clase y recorrido: Fiscal, al cual han ido a parar varios premios de la feria.  Por desgracia, los veterinarios se cargaron la corrida de Manolo González, y en la de Carriquiri  los que apuntaron cosas buenas los desangraron con la pica. Y se nos olvidaba un muy noble y claro novillo de Navalrosal llamado Rabicano.

Queda la corrida de Ibán, brava, importante, con estilo pero también machada en varas, cuyo toro segundo, Pistolero, ha sido premiado por el Ayuntamiento de Madrid, lo cual es un legítimo triunfo que nos alegra enormemente. Junto a ella, hay que mencionar a tres albaserradas notables: Madroñito y Mulillero, de Adolfo Martín, y el bravo y buen Poeta, de la corrida de Victorino.  Los de Escolar, por su manso y peligroso genio más aptos para el matadero que para la lidia. Y en los rejones, que no se olvide, el mejor toro fue un bellísimo y excelente berrendo en colorado de Benítez Cubero que le tocó a Moura, superior a todos los del monopolio Murube.

En el apartado cluflesco y tragicómico, hay que mencionar el espantajo de la corrida de Cuadri, que por su basta y horrenda presencia fue la antítesis del toro bravo y por su juego resultó un compendio de mal estilo, comportamiento a menos y bravuconería. Es normal que sirviera de regocijo a la chusma de reventadores “toristas”, pues el buey bravucón, espectacular, con peligro y a la defensiva es  lo que les gusta. Lo triste fue la miseria moral y la cobardía morbosa que manifestaron con los toreros, aunque también sea normal en esta banda de cafres. Por cierto, lo del mayoral saludando cuando casi toda le gente se había ido fue tan patético como deleznable.

Lo peor de todo, por el enorme daño causado a la imagen de la Fiesta, ha sido servir de nuevo el plato de bazofia “torista” y el clima aberrante de Madrid a través de la televisión, y encima vendida por el trilero del bigote teñido.  Hay gente que por desgracia toma esto como referencia, y así pasa lo que pasa luego en muchas plazas, desde los pueblos a ciudades como la misma Sevilla, donde ya ha desaparecido el clásico tipo de toro de toda la vida y también se impone el mastodonte.

Más grave aún es la imagen televisiva de la tauromaquia como espectáculo tedioso y cutre, cuando no escandaloso y brutal; esos toracos feos y gigantescos que no embisten, los toreros tratados a gritos como delincuentes y mentirosos, objeto de mofa por una chusma totalitaria, cazallera e ignorante, en un espectáculo sin asomo de arte, grandeza y triunfo.  Circo romano. Eso es el “torismo” y en eso ha convertido la plaza de Las Ventas.

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