La nobleza veragüeña (2)

Clásico jabonero del hierro de Javier Gallego, una de las ramas de Veragua-José Enrique Calderón que han llegado a nuestros días

 Cuando en 1930 don Juan Pedro Domecq y Núñez de Villavicencio adquirió la ganadería de Veragua, hacía ya tiempo que él y sus hijos eran muy amigos de Ramón Mora-Figueroa, el grandioso ganadero que había dirigido y modelado la vacada de Tamarón y que por cuestiones familiares se vio obligado a vender al conde de la Corte en 1920. No hay duda que Mora fue inspirador y maestro de los Domecq y como tal, además de expertísimo conocedor de aquellas reses, les aconsejo comprar de inmediato dos camadas de eralas y cuatro sementales del conde de la Corte. La idea era crear una ganadería nueva, pero amparada en la imagen de una marca legendaria. Dicho de otra forma, parece que de Veragua  interesaba a priori mucho más el hierro que las reses.

 La sangre condesa, purísima Parladé, fue la apuesta de los Domecq desde el principio, y resultaba lógico que así fuera, tanto por las circunstancias apuntadas como por el hecho incontestable de su extraordinaria bravura y calidad, superior a la del resto de ganaderías. Frente a ella lo de Veragua representaba una apuesta incierta para los criadores jerezanos, quienes empezaron a seleccionar y establecieron cuatro ramas de sangre: dos puras del conde de la Corte y Veragua, respectivamente, y dos cruzadas, una al 50 por 100 y otra con predominio de lo condeso en un 75 por 100.

 Así llega la ganadería a 1937, cuando la heredan los hermanos Juan Pedro, Salvador, Álvaro y Pedro Domecq Díez. El primero de ellos escribió décadas más tarde un artículo lo siguiente: “En los siete años que mi padre disfrutó de la ganadería, sacamos la experiencia de que con la línea pura de Veragua los resultados eran desesperanzadores. Los sementales, aun escogidos a través de rigurosa tienta, no transmitían ninguna regularidad, abundando lo reservón y bronco. Seguir la selección con esta sola sangre, nos hubiera llevado una vida para un resultado lento y siempre por debajo de las cualidades exigidas por las nuevas características de la fiesta”.

 Es claro que los Domecq estaban por la labor de triunfar cuanto antes, cosa humana y natural, y la garantía para ello era lo del conde de la Corte, que en ese momento estaba funcionando maravillosamente, mientras que en lo de Veragua, ya lo hemos visto, había que trabajar mucho. ¿Significaba eso que esto no servía en absoluto para el torero moderno?. No lo parece, y hay algunos datos que apuntan a ello:

 – Los Domecq vendieron en 1938 el grueso las vacas veragüeñas (unas cruzadas y muchas puras) a José Enrique Calderón, quien lidió numerosas corridas en la primera mitad de la década de los cuarenta,  bastantes de ellas con figuras, lo cual de muestra de que sus toros, aunque desiguales, no debían ser tan parados o reservones como algunos presuponían. Esto lo corroboran los resultados de algunas ganaderías nacidas de ésta de las que se hablará más tarde.

 –  Los otros lotes vendidos por los Domecq con algo de sangre Veragua, aunque ya claramente cruzada con lo del conde de la Corte, en 1946 a Luis de la Calle (luego Osborne) y en 1959 a Onorato Jordán (hoy Hermanos Sampedro), también se han caracterizado por su gran nobleza.

Favorito, berrendo en colorado capirote, de Juan Pedro Domecq, que dio un juego sensacional en la feria de Jerez de 1959

 –  La selecta porción de vacas de Veragua que los Domecq se reservaron, la cual cruzaron con mas sementales de origen Mora Figueroa, pero sin que se extinguiera del todo la huella de Veragua en los toros de capas jaboneras y berrendas (éstos ya desaparecidos) que, por cierto, casi siempre dieron buen juego y en los últimos años han proliferado muchísimo, aunque su porcentaje de sangre veragüeña es aparentemente muy bajo.

 Respecto a la rama de Veragua más pura, Calderón vende en 1945 una parte importante de su ganadería a Tomás Prieto de la Cal, personaje que en esa década y la siguiente lleva a los veraguas a sus más altas cotas de juego desde los tiempos del Duque, casi todas las tardes acompañados en el cartel por los Dominguín y los Ordóñez, quienes se hartan de cortarles orejas y rabos por los cosos de España, Francia y América donde se anuncian con ellos durante más de tres lustros. Otra cosa es lo que ocurrió con esta ganadería a raíz de la caer enfermo el ganadero y quedar casi abandonada la selección durante varios años, como veremos en el siguiente capítulo.

 El ganado que quedó en poder de José Enrique Calderón se dividió entre sus herederos a partir de 1949. De las cuatro partes sólo ha dejado descendencia en nuestros días la de José Enrique Calderón Alcalde, que fue a parar a Enrique García González, ganadero poco conocido en el gran circuito, que lidió fundamentalmente festejos menores, pero en cuyas manos los veraguas alcanzaron un nivel de juego pocas veces visto. Esta ganadería se salvó casi milagrosamente de la desaparición, y dio origen a las actuales de Javier Gallego (nieto de su fundador), Aurelio Hernando y Herederos de Manuel García Ibáñez. En estos hierros ha habido reses de otras procedencias, siendo el núcleo central lo de Veragua, de lo que hemos tenido oportunidad de ver muchos animales con una entrega y calidad capaz de romper todos los tópicos sobre esta casta.

 Nos queda hablar de la rama Braganza-Curro Chica, de otras pequeñas derivaciones veragüeñas aún existentes y de los porqués de la leyenda “maldita” que se le ha dado a esta sangre. Será en la próxima entrega.

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