La nobleza veragüeña (1)

Un viejo jabonero veragüeño, carifosco y montado arriba

El mundo taurino es una factoría de estereotipos e ideas preconcebidas, que una vez puestas en marcha y fijadas en la mente del personal con más o menos fundamento, resultan casi imposibles de erradicar. Esto posee una incidencia especial en el ámbito de la ganadería brava y se manifiesta en muchos casos, como el que abordamos en los siguientes artículos: la falsa fama “terrorífica” de los veraguas.

 Como es sobradamente conocido, la vacada del duque de Veragua fue la rama más importante surgida de la antigua casta Vazqueña, una de las sangres fundacionales del toro bravo que se configuraron a lo largo del siglo XVIII. Los toros del hierro ducal  fueron los más cotizados durante gran parte del siglo XIX. Su gran fama les vino por la suma de varias características que se amoldaban perfectamente a los gustos de aquellos públicos, especialmente una gran seriedad exterior, embellecida con enorme variedad de capas, unidas a una gran acometividad en el tercio de varas, en torno al cual pivotaba casi en exclusiva la tauromaquia decimonónica. Además, había otro factor que casi siempre se mencionaba en relación a su comportamiento: una gran nobleza.

 Pero a finales de aquél siglo las cosas inician un cambio. La tauromaquia vislumbra su proyección a los demás tercios de la lidia y, poco a poco, se demanda un toro con mayor duración. Es entonces cuando los veraguas destapan su carencias, ya que habitualmente pierden su fuelle en banderillas y acababan parados o entablerados, aunque, eso sí, siguen siendo nobles. Muchas crónicas de las postrimerías del 800 mencionan la necesidad de corregir este grave defecto, pero el arreglo no era cosa de un día, ni fácil.

 La llegada de Joselito y Belmonte no hizo sino acelerar el proceso, pues con ellos (especialmente con José) se inicia el toreo en redondo, que va a demandar del toro muchas más prestaciones en el último tercio. El 19 de febrero de 1917 se publica en Abc una entrevista de Corrochano a don Cristóbal Colón y Aguilera, que había heredado la vacada en 1910, en la que el ganadero confiesa desconocer el motivo por el que sus toros se aplomaban, lo achaca en parte a una lidia inadecuada, pero al mismo tiempo indica algo revelador “cada raza tiene sus características. Acaso dependa de la constitución física del animal”. ¿Quería decir el duque, más o menos, “esto es así y no hay quien lo cambie”?.

Un berrendo capirote y botinero, pelo más clásico de Veragua que el jabonero

 Mientras, los veraguas siguen su proceso de adaptación. En el camino hay  claroscuros. La trágica cornada mortal de Granero a cargo de Pocapena, un astado burriciego, es un baldón, pero los de otras ganaderías también dan cornadas y eso no supone su hundimiento. También hay toros de juego plomizo, pero el número de festejos por temporada es elevado y otros muchos ejemplares apuntan un nuevo estilo. Y no se trata de toros sueltos, sino de encierros completos. Es el caso de la gran corrida lidiada en Madrid el 9 mayo 1920, tarde de reaparición de El Gallo. Otro éxito destacado se produce en la primera del abono madrileño de 1921, en la que Chicuelo corta la oreja del toro Tintorero y sale otro extraordinario llamado Barbudo.

 Particular significado tiene otra corrida de esta misma época, también en Madrid: la del 23 de mayo de 1925, estoqueada por Fortuna, Valencia II y Nacional II. La crónica de Corrochano aporta mucha luz al objeto de nuestro interés: “El duque -dice don Gregorio-ha logrado corregir lo que parecía difícil, y ayer los toros no se agotaron, ni fueron a defenderse a las tablas, y si se arrancaron muy bien a los caballos, menos el cuarto, alguno, como el quinto, estuvo más bravo en el último tercio (…). Una corrida muy bonita, muy recortadita, sin aquellos cuartos delanteros, majestuosos y alenoados, para cargarse caballos -quizás esté aquí el secreto- que sin recargar tanto en varas se conservaron pujantes hasta el final. Si eso era lo que se proponía el duque, lo consiguió, y puede estar satisfecho de esta corrida.”. 

 No se puede definir mejor: no solamente se estaba buscando el toro que fuera a más y mantuviera la bravura hasta el final, sino además con otra construcción física, no tan montado del tercio delantero, motivo por el que a los morlacos de Veragua siempre les costó humillar. Aquí tenemos ya dos aspectos trascendentales e íntimamente unidos en un planteamiento ganadero plenamente moderno.

 Cierto es que los veraguas estaban lejos de su apogeo, pero de ahí a darlos por desahuciados, como nos han contado una y otra vez, hay muchísima distancia. Ni tenían fama de pregonaos, ni lo eran. Parece que el camino estaba emprendido, pero faltó continuidad e ilusión, y en ello quizás hubo un factor esencial y sobradamente conocido: el último duque de Veragua ganadero era bastante menos aficionado que sus antecesores. Al fin, en 1927 la ganadería se vendió a Manuel Martín Alonso, tío materno de los actuales hermanos Lozano, quien tres años después la transfería a Juan Pedro Domecq y Núñez de Villavicencio.

(continuará….)

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2 respuestas a La nobleza veragüeña (1)

  1. Andrés de Cáceres dijo:

    Aquí andamos recomendados por la Sra Condesa

    Desde luego no puedo estar más de acuerdo con usted en estas primeras entradas

    Gracias

    Andrés de Cáceres

  2. hermantoros dijo:

    Totalmente de acuerdo. Quizá se ha estigmatizado lo veragüeño por el recuerdo de la decadencia de la ganadería madre en unos años determinados y con un ganadero en concreto. No hay castas buenas o malas, hay ganaderías buenas y malas. Y dentro de ellas, líneas mejores y peores. !!Diversidad, variedad y conocimiento¡¡¡

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