El disparate de las ferias “toristas”

Que el mundo taurino ha perdido el rumbo es una realidad tan evidente como abrumadora. Aquí vamos dando bandazos de extremo a extremo, de la especulación y el fraude a la demagogia más obscena sin solución de continuidad.  Lo último es el rollo de las ferias “toristas”, ¡lo que nos faltaba para terminar de hundir esto!.

 De nuevo encontramos en Burladero.com un artículo que aborda este tema con claridad y realismo, esta vez escrito por Paco March y titulado “La demagogia del toro”, que pueden leer aquí: http://www.burladero.com/inicio/masnoticias/024877/demagogia/toro

 Una tauromaquia sin figuras es la máxima aspiración histórica del “torismo” y supondría la quiebra artística y económica de la fiesta. Es como si en la liga de fútbol se prescindiera de los grandes equipos, en el cine de las estrellas o de los genios en cualquiera de las otras artes. Eso no se le ocurre a nadie en estos otros ámbitos, más que a un loco, pero sí en los toros. Y es que el invento del “torismo” lleva implícito este componente locoide, unido a la demagogia, la ignorancia, la agresividad y muchas veces el trinque.

 Sólo hay que analizar un poco de dónde viene este movimiento “torista”, quiénes fueron sus padres intelectuales, si se nos permite una palabra que viene muy ancha en este caso. 

 Para ello hemos de volver la vista a finales de los años 60 y comienzos de los 70 e ir a la hemeroteca para recordar lo que decían aquellos supuestos “regeneradores” de la crítica sobre las grandes figuras y las ganaderías punteras de la época, cómo las ridiculizaban diariamente, las difamaban y despreciaban. Y todo ello ¿porqué?. En algunos casos por rencores personales. En otros por afán de cobrar protagonismo y fama como “salvadores de la Fiesta”. En otros para cobrar en metálico y en especie del gran empresario de ferias al que no le interesaban figuras con un gran caché, sino llevárselo él enterito. En otros casos, directamente el crítico “purista” obraba así por todo lo anterior.

 Para deslegitimar la Fiesta y a sus actores principales había que inventarse dos cosas: por un lado, un toreo “puro”, basado en una gestualidad garbosa y pases de adorno superficiales, despegados y escasos (en contraposición al torero auténtico, ligado, redondo y macizo de las grandes figuras) y, por otro, un “toro-toro” grande, destartalado, con genio, bravucón y sin entrega, o sea, un manso con movilidad y carente de nobleza. Tanto este animal como el torero medroso y superficial eran, evidentemente, muchísimo más baratos para el empresario que las figuras y las ganaderías de postín.

 ¿Van entendiendo de qué iba la cosa?. Pues ahora parece que volvemos a las andadas. No olviden que alguno de aquellos orates aún siguen con el micrófono en mano, con poder televisivo, y encima le han salido algunos discípulos, que nos venderán lo que convenga a quien más les pague.

 Aquí no compramos esta mercancía, como tampoco la contraria. Nos gusta una tauromaquia amplia, abierta, llena de matices, diversa y rica.

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