Otra de tópicos: el “encaste propio”

Entre la gran ensalada de frases hechas que pululan por el mundo de la tauromaquia, una de las más fastuosas es  la del “encaste propio”, que oímos o leemos un día sí y otro también. Raro es hoy el ganadero al que entrevistan que no tiene un encaste propio, y si no lo dice él, ya se encarga el periodista de turno de afirmarlo y hasta razonarlo concienzudamente.

Suponemos que la frasecita significa que el ganadero en cuestión ha logrado modelar una casta (mejor que “encaste”, con permiso) dotada de rasgos morfológicos y de comportamiento exclusivos,  hasta el punto de conformar un arquetipo de la raza bovina con un sello personal e inconfundible. Eso es, ni más ni menos, lo que define a las castas bravas, lo que nos hace distinguir un Santa Coloma de un Murube o, afinando más, un Núñez de un Domecq o, aún más, un torrestrella de uno del marqués.

Pero resulta que lograrlo no es tarea de un año ni de diez, ni a veces de treinta, y eso siguiendo una misma línea que fije los caracteres y que éstos sean muy definidos y singulares, cosa que no ocurre en el 99 por 100 de los casos.  Y además, formar una casta diferenciada es aún más difícil cuando se parte de la misma sangre.

Tiene gracia que precisamente ahora, cuando el empobrecimiento genealógico y la desaparición de castas es más intenso y trágico que en toda la historia de la tauromaquia, estén apareciendo tantos de estos “encastes propios”, que en realidad son sólo uno: Domecq de la rama Juan Pedro-Jandilla, con ligerísimas y poco marcadas variantes. ¿Nos pueden decir cómo puñetas distinguir un fuenteymbro de un jandilla o uno de Victoriano del Río, o un garcigrande de un danielruiz?. A lo sumo, matices mínimos o puntuales, y pare usted de contar.

Y los que más se empeñan en esta historia son, precisamente los ganaderos de esta línea, pues su típico argumento cuando se les pregunta por el problema de la monocasta es que “no tiene nada que ver lo de Fulanito con lo de Menganito. Si, si… mucho encaste propio, y luego se tiran todo el día intercambiando sementales: Daniel Ruiz con Garcigrande, Garcigrande con Cuvillo, Las Ramblas con no sé cuántos, Victoriano del Río con tal o cual, Fuente Ymbro con Jandilla y éste con todos y todos… con todos. Endogamia pura, aunque jugando con muchas reatas, pero de arquetipo propio y personal nada de nada.

De los punteros, el que más se aproxima a conseguirlo es Cuvillo, por la variedad de líneas que maneja o ha manejado, pero sus toros aún distan mucho de tener un marchamo inconfundible y definido: unos tiran a juampedros, otros a osbornes y otros a marqueses de Maribel Ibarra. Es una extraordinaria ganadería, pero no hay un patrón unitario que la distinga como casta, eso son palabras mayores.

Casta propia es la de Buendía, la de Núñez, la de Galache, la de Cuadri, la de Arauz de Robles, los albaserradas de Victorino o los murubes de Bohórquez. Lo demás son excusas para camuflar con argumentos baratos la agobiante monotonía que padecemos, la desaparición brutal y galopante de razas de lidia, y no por falta de bravura ni nobleza, sino porque no dan toros gigantes ni cornalones o porque no están moda y no les apetecen a los toreros. Eso es lo que lo hace más irritante e injusto.

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